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El diseño y la felicidad

22 may

¿Qué tienen que ver ambos conceptos? Bueno, para mí mucho porque soy diseñadora, pero independientemente de eso, la relación en realidad es más profunda y se extiende más allá de las fronteras del diseño. Tiene que ver con el  proceso, con las acciones y elecciones que hacemos a cada paso. Si uno espera que la felicidad llegue un día – cuando lleguen ciertas cosas, ciertas relaciones, en cierto lugar – y a partir de ahí ser feliz, está verdaderamente perdido, porque la felicidad es algo que se vive – o se debe vivir – a cada momento y es una elección. En el caso del diseño, es lo mismo. No tiene que ver con un resultado final sino con el camino recorrido para llegar a él. Claro que el resultado importa, finalmente es lo que vamos a mostrar al mundo; al cliente no le importa cómo obtuvimos una imagen o un logotipo sino que cumpla sus necesidades de comunicación. Pero para el diseñador todo nuevo proyecto depende de elecciones y a cada momento se va trazando el rumbo de la obra que tenemos entre manos. Si las obras terminadas nos llegaran como por arte de magia con tan sólo pedirlas, ser diseñador no tendría ningún sentido. El diseño – y la felicidad – es el proceso, no la meta a la que llegamos. Y claro, para que el proceso sea gratificante es necesario hacerlo con pasión y con emoción y prestar atención a cada detalle sin pensar en lo que vamos a obtener al final. Esto no aplica sólo al diseño sino a la vida misma, ¿o no? Aceptar un proyecto única y exclusivamente por la ganancia económica que va a representar es lo mismo que involucrarse en una relación únicamente para no estar solo: es hacer a un lado la emoción del día a día por comodidad y por falta de coraje para buscar algo que de verdad nos inspire.

Tanto el diseño como la felicidad son compromisos que uno hace consigo mismo. Uno decide si los toma en serio y enfoca su atención en ellos para experimentarlos al máximo, o si los vivimos sin pasión, esperando hasta el último día para empezar un proyecto, seleccionando elementos al azar y generando un resultado que probablemente dejará satisfechos a los demás – porque después del todo, los clientes NO son diseñadores y no van a juzgar nuestro trabajo como lo hacían nuestros profesores en la universidad – pero que no representa ningún avance en nuestra evolución como – personas – creativos. A menos que nuestros padres o hermanos mayores sean diseñadores – o guías espirituales – en nuestra trayectoria difícilmente habrá alguien que nos recuerde constantemente lo importante que es hacer cada proyecto sacando lo mejor de nuestros recursos, explorando nuevos caminos, buscando nuevas maneras de decir algo que ya ha sido dicho cientos de veces. En pocas palabras, poniendo pasión, emoción y visión a cada cosa que hagamos para dejar nuestra huella. Por eso es un compromiso personal y no tiene que ver con ganar dinero o con ser admirado por las nuevas generaciones, estos resultados son una consecuencia y no un fin. Lo importante son las acciones de cada momento, las elecciones que tomamos y las relaciones inusuales e inesperadas que vamos creando y que despiertan nuestra capacidad de sorprendernos y que, eventualmente, nos pondrán del lado de los grandes o simplemente no darán para ir viviendo ¿qué estás haciendo hoy para convertirte en el diseñador – persona – que quieres ser?

Ivan Chermayeff. Una huella imborrable

5 feb

El 11 de octubre de 2005 yo estaba en el DF por dos motivos: Ivan Chermayeff daba una conferencia en el marco de una exposición retrospectiva de su trabajo como co-fundador de una de las firmas más importantes en la historia internacional del diseño; y Diego el Cigala daba un concierto en el Auditorio Nacional. Un día antes yo tenía clase de tesis con uno de los seres más cerrados y cortos de visión que han existido sobre la faz de la Tierra, y ya habían pasado cerca de dos meses sin que dicho ser me aceptara un tema de tesis. Entonces recibí por correo la información de que Ivan Chermayeff daba la mencionada conferencia y me dije: le voy a decir a mi profesor que mi tema va a ser acerca de la obra de Ivan Chermayeff; si lo acepta voy a verlo mañana y aprovecho para ir al concierto.

Así lo hice y para sorpresa mía el profesor aceptó el tema. La suerte estaba decidida: iría a ver a Ivan Chermayeff, a decirle que desarrollaría mi proyecto sobre él y además escucharía en vivo al Cigala. Me fui al DF, mi primera ocupación fue conseguir el boleto, deseando internamente que aún hubiera un buen lugar y así fue. Por la tarde fui al lugar de la conferencia. El día pintaba para ser grandioso: la lluvia le daba un brillo a todas las cosas y la zona donde estaba el lugar era muy bonita. Minutos después de llegar empezó la conferencia. Como me sucede siempre que he conocido a alguien previamente visto en fotos y por quien me he formado ciertas expectativas, al estar en el mismo lugar que él se neutralizó en mí todo efecto de excesiva emoción; sentí serenidad y expectación. Ahí estaba Tom Geismar, su colega por cerca de 50 años; ambos hablaron sencilla y naturalmente de su obra a lo largo de estas décadas; como si crear imágenes que, literalmente, todo el mundo conoce, fuese cosa común y corriente. Al final de la conferencia, como si acercarme a uno de los monstruos del diseño fuese cosa común y corriente, me dirigí a Ivan Chermayeff para hablarle de mi proyecto. Él sonrió, me dijo que podía enviarme información y me dio su tarjeta y su mano en señal de despedida, además de pedirme que le enviara una copia cuando estuviera terminado. Yo me sentí feliz, como si hubiera cumplido con una importante misión y los movimientos de la vida me tuvieran reservada una noche muy especial en uno de mis lugares favoritos con uno de mis cantantes favoritos para festejar el éxito.

Como mencioné, había llovido, lo cual significa que el tráfico era terrible. Yo traté de mantener la calma; aún así llegué unos 15 minutos tarde al concierto, con ansiedad seguí a la señorita que me colocó en mi lugar, sin quitar la vista del escenario para no perder un segundo más y finalmente estuve en mi asiento. Ha sido uno de esos días perfectos que no tienen desperdicio y que al final dejan con una sensación de la más pura felicidad. Al volver a casa, a la universidad, inicié la obra a la que había dedicado mayor pasión y energía hasta ese momento en mi vida. Fueron 9 meses de compilación, investigación, análisis, reflexión y ejecución acerca de la obra de una de las mentes más brillantes que ha dado el diseño. Sobra decir que en el proceso aprendí mucho, no sólo acerca de Ivan Chermayeff sino del diseño en general.

La única cosa desagradable de este proceso fue tener que lidiar con la mente cerrada y anticuada de mi profesor, quien no aceptaba nada que no fuese representación fiel de su voluntad. Aún así, mantuve mis ideas, pues lo que menos me importaba era mi calificación o las alabanzas de la clase. Yo supe desde el principio que mi proyecto estaba por encima de eso porque a diferencia de cualquier otro que estuviera en proceso en ese momento, el mío llegaría a las manos del héroe y no se trataba de un héroe local sobrevalorado y con aires de grandeza (como abundaban y siempre abundarán entre las figuras admiradas de los estudiantes de diseño) sino de un auténtico maestro del diseño internacional. Cuando quedó terminado fue como dar a luz: sentí alivio, emoción, ilusión.

Para concluir la misión puse en el correo una copia dirigida a Ivan Chermayeff. Por esa época me lancé a la aventura de conseguir mi primer trabajo, cosa por demás difícil, desalentadora y molesta. Uno de esos días me encontraba limpiando la casa, triste y sin esperanzas. Siguiendo una vieja costumbre pedí una señal que me indicara que las cosas iban a estar bien y que me evitara que lo que me quedaba de esperanza se extinguiera. Minutos después sonó el teléfono. Un mensajero me pedía que saliera al portón de entrada de la privada donde vivo porque tenía un paquete para mí. Deben ser las revistas, pensé (esperaba unas revistas así que no me sorprendió). Salí, el hombre de FedEx me entregó un sobre largo y angosto; No son las revistas, deduje. Miré para encontrar el remitente. Cuando leí “Ivan Chermayeff” casi me da un infarto de la emoción. Firmé rápidamente y corrí a mi casa. Entré, cerré y ahí, en la privacidad de mi casa observé atentamente el sobre; fue como un ritual, no quería perderme ninguna impresión, ningún momento. Lloré y brinqué de emoción; ni siquiera pensé en lo podía contener, bien pudo haber sido un sobre vacío; lo que importaba era que lo enviaba Ivan Chermayeff, que es equivalente a que a un músico reciba en su casa un paquete enviado por David Bowie. Pero el sobre no estaba vacío: adentro había una ilustración firmada por Ivan y dedicada a mí. Y por si eso fuera poco había una carta. Mi ídolo se tomó el tiempo para escribir de su puño y letra unas palabras para mí. Así hubieran sido ofensas, yo de cualquier manera las habría valorado por venir de él; pero era justo lo contrario: palabras de felicitación hacia mi trabajo.

Esta es una de las experiencias más entrañables y memorables que he tenido en la vida y que me enseñó cosas muy importantes. Primero, que cuando uno hace las cosas con pasión y con convicción el resultado inevitablemente será positivo; y segundo, que cuando uno es fiel a sí mismo, sin darle importancia a lo que los otros piensen, con el único interés de hacer las cosas lo mejor posible, la recompensa siempre será justa.

Arrastrada por un arrebato de inmadurez y alegría excesiva, no pude evitar ir a visitar a mi profesor para restregarle en la cara lo que recibí. No mostró una gran emoción, pero a partir de ese día no hay ocasión en que lo vea y no recuerde mi experiencia, afirmando además que lo cuenta a su clase como muestra de un logro importante obtenido por uno de sus alumnos como resultado de su trabajo de investigación. El triunfo estuvo completo.

Al estudiar a Ivan Chermayeff conocí las bases para dirigirse ante la vida como diseñador y artista gráfico; conocí la importancia del conocimiento teórico sólido así como de la experimentación; entendí la importancia que tiene el diseñador en la sociedad; comprendí que al final del día, lo único importante es hacer el trabajo bien; descubrí que para ser un buen diseñador primero hay que tener un razonamiento lógico y sentido común; supe que lo más importante es la inteligencia, porque de ahí se derivan muchas otras cualidades; el valor de la experiencia y el talento es relativo y sólo importa si uno es capaz de canalizarlo a través de ideas teóricamente sólidas y visualmente poderosas, cuyo poder soporte el paso del tiempo y sea universal. Lo más importante es trabajar con pasión, con emoción y con profesionalismo; nosotros mismos desconocemos el alcance de nuestro trabajo, si está bien hecho además de la satisfacción puede traernos agradables sorpresas.

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