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James Blake en México

21 may

Cuando anuncié que el viernes por la tarde saldría para el DF para ir a un concierto de James Blake, la frase constante, aunque con ligeras variaciones, que escuché de réplica, fue la siguiente: “No lo conozco, ¿Qué toca?” Me fue imposible dar una respuesta precisa, porque llevo más de la mitad de mi vida apreciando, disfrutando y coleccionado música y he llegado a la conclusión de que la mejor es indefinible e inclasicable. Luego leí que lo que James Blake toca es dubstep, yo tuve que googlear la palabra para saber qué rayos es dubstep. No me interesa, en realidad. A James Blake me acerqué, de la misma manera que a la mayoría de mis músicos favoritos: por curiosidad después de leer grandes reseñas de su música en distintas fuentes dignas de confianza y credibilidad.

Para el momento en que me enteré que vendría a México ya era fan consumada y perdérmelo no era opción. El día por fin llegó, aunque no empezó bien. Que la cita fuera 8:30 y 8:40 aún no se abriera el acceso al recién inaugurado Auditorio Blackberry, no podía ser buena señal. Y ciertamente no lo fue, porque 2 horas después -sí, 2 HORAS después- apenas estaba empezando a tocar Andrea Balency, la encargada de abrir el concierto, cuya existencia yo ignoraba y que resultó ser una agradable sorpresa. Lo que pasó es que le tocó la mala fortuna de tocar ante un público desesperado y harto y que no tenía la mejor disposición de disfrutar una propuesta nueva, aunque aún así fue bien recibida. Lo que todos deseábamos era que James empezara a tocar, nada más.

Después de la laaaarga espera, la incomodidad -para lo que estábamos en la pista, de pie- y el fastidio, cuando James por fin salió, todo se esfumó, por arte de magia. Durante los siguientes 90 minutos, fuimos los testigos de un espectáculo encantador, hipnótico. James Blake era más joven que dos terceras partes de los ahí presentes, pero pocas veces he visto a un músico tan maduro, tan honesto y sensible y con un propuesta tan coherente. Al escucharlo en vivo entendí su música en otro nivel. Como si hasta ese momento hubiese tenido las piezas de un rompecabezas, que por sí mismas tienen un sentido y un valor, pero al escucharlo en vivo, esas piezas se acomodaron y conformaron algo distinto, de dimensiones mucho más grandes de lo que imaginaba.

Entonces su música para mí cobró un sentido inesperado. Si tuviera que definirla, no diría: “es dubstep”, sino, “es algo etéreo, conmovedor”. Sus canciones no son para ser coreadas -ojalá lo hubieran sabido los adolescentes disfrazados de hipsters que estaban a mi lado- sino para ser experimentadas. Es un estilo más cercano a la poesía, al performance, al arte abstracto; frases y palabras que pierden su valor semántico conforme se van repitiendo para convertirse gradualmente y como en un acto de hipnosis, en sonidos, sensaciones, evocaciones; significados que con cada beat se elevan a una nube etérea que se crea sobre nuestras cabezas y permanece, muchas horas después de haber abandonado el lugar, de haber visto a James despedirse con una gran sonrisa en los labios.

Además de todo James Blake dejó ver que es una gran persona. Tímido y humilde, pero francamente contento, sonriente, afirmó que era el concierto más grande que daba hasta ese momento fuera de Inglaterra y su cara de auténtica sorpresa ante la multitud de fans fue el signo más claro de que no estábamos ante alguien que crea buscando fama y todo aquello que persiguen la mayoría de músicos de su edad, sino ante un verdadero artista.

Arte por dentro y por fuera. Las 9 mejores portadas de mi colección de discos

6 feb

Hace poco compré el disco de Stephen Malkmus And The Jicks, Mirror traffic y lo primero que pensé al ver la portada fue “esto es una obra de arte”, lo cual me inspiró a crear este post con una serie de las mejores portadas que encontré en mi colección de discos.

Mirror Traffic – Stephen Malkmus And The Jicks. Una pintura con aires del más puro estilo norteamericano hecha portada. Autor: Tom Clark

Odelay Deluxe edition – Beck. La clásica portada del Odelay de 1996, es literalmente, “remodelada”, para esta edición de lujo. La original fue creada por Beck Hansen y Robert Fisher, este rediseño es obra de Mat Maitland.

 Funeral – Arcade Fire. Este es un de esos discos que dan ganas de comprar aunque no se tenga idea de quién es la banda -como si eso fuera posible- sólo por la portada. Autora: Tracy Maurice

Them Crooked Vultures – Them Crooked Vultures. El álbum debut de la banda conformada por tres másters de la música cuenta, además, con una excelente portada e interiores. Con esta dan ganas de imprimir playeras. Dirección de arte: Morning Breath Inc.

The crying light – Antony and the Johnsons. Una fotografía de Kazuo Ohno (obra de Naoya Ikegami, 1977), figura emblemática del Butoh, le da cara a un disco que igual que esta danza, es una exploración por rincones sensibles, melancólicos y oscuros. A mí me conmovió antes de conocer a la banda, a Kazuo Ohno o al Butoh, sólo con mirarla.

O Brother where art thou? Esta película de los hermanos Coen es una verdadera joya y uno de los motivos por los que George Clooney debería ser recordado. El soundtrack es otra joya, y bueno, la portada y arte del disco están en consonancia con todo esto.

Brothers – The Black Keys. Hubo una época en que las portadas de discos no existían, sólo había tipografía, meramente informativa, sobre fondos planos. La portada de este disco -ganador de Grammys en 2011, no sólo por sus méritos musicales, sino también por la dirección de arte de Michael Carney-, es pues, un homenaje a aquellos tiempos.

Illinois – Sufjan Stevens. Escuchar un disco de Sufjan Stevens es una experiencia casi cinematográfica, y en este caso, la experiencia empieza desde la portada. Autora: Divya Srinivasan.

Stop the clocks – Oasis. Arriba mencionaba que hay discos que dan ganas de comprar sólo por la portada; con este fue exactamente lo que hice, pues aún cuando la mayoría de las canciones las tenía por separado, la portada me gustó tanto que no pude resistirme a comprarlo. Es una obra del reconocido artista británico Peter Blake.

Nota: quise evitar los clichés, por lo cual no incluí London Calling de The Clash, Aladdin Sane de David Bowie, Mellon Collie and the Infinite Sadness de The Smashing Pumpkins y otras por el estilo que son lugares comunes en este tipo de recopilaciones.

Mis 9 mejores del 2011: Discos

30 dic

Lo mayoría de los mejores discos que escuché este año son lanzamientos de 2010 o anteriores, pero fueron el soundtrack de mi vida durante los últimos 12 meses.

The age of ADZ Sufjan Stevens. Durante gran parte de este año tuve una fiebre por Sufjan Stevens que me impedía escuchar otra cosa que no fuera él. Fue este disco el que lo provocó. Empezando por Impossible soul:

James Blake James Blake. Descubrí a James Blake hace poco y su disco me encantó. Una voz hipnótica, un piano contundente y letras cargadas de emoción. No se necesita más para entrar en mi lista de favoritos.

Pánico Manuel García. A Manuel García lo descubrí por casualidad a través de Twitter. Debo decir que gracias a mis amigas, tengo una cierta negación hacia la trova y lo que se le parezca, así que cuando lo escuché por primera vez me pareció sencillamente agradable. Pero lo seguí escuchando y su música me conquistó por completo. Presiento que 2012 será el año en que Manuel se hará muy popular en México (tiene gira para abril) pero mientras eso suceda tengo el placer de ser la única a mi alrededor que lo escucha.

Nine types of light TV On The Radio. Esta banda neoyorquina ha llegado a ese punto de madurez en que ya no es difícil hacer un buen disco, sale así naturalmente. Han llegado a una zona segura, por decirlo de alguna manera. Espero que el próximo disco sea más osado, pero mientras tanto, Nine types of light es de lo mejor de este 2011.

El camino The Black Keys. Para mí The Black Keys es la banda más cool del planeta. Toda su trayectoria es auténtica y coherente. El disco después de Brothers es una muestra más de esto y su actitud desenfadada y divertida es la cereza del pastel.

 

Forgiveness rock record Broken Social Scene. Este es uno de esos discos que pone de buenas y que está bien hecho por donde se le vea. Es el primero que escucho de esta banda, pero ya estoy ávida de conocer más.

Rome Danger Mouse. Sabía de Danger Mouse por ser productor de Beck. Cuando supe de un disco que sería una especie de homenaje al soundtrack del western italiano de inmediato lo agregué a mi lista de deseos. Ah, y también participan Jack White y Norah Jones, por si lo anterior no es suficiente.

Let england shake PJ Harvey . PJ Harvey había sido para mí durante años una de esas artistas que sé que existen y que son geniales pero que no me había acercado a conocer, por falta de interés, por pereza o por lo que fuera. Sin embargo, con este disco que estuvo en todas partes -reseñísticamente hablando- me acerqué y me fascinó. Definitivamente quiero escuchar más de ella.

Grinderman 2 Grinderman. Cuando escucho a Grinderman tengo una sensación muy parecida a la de estar en una reunión con puros hombres. Hombres talentosos, por supuesto, así que termino encantada. Este disco es una confirmación más de que Nick Cave es una especie de dios y yo soy su más fiel devota.

Mis 27 imprescindibles

23 sep

Esta semana cumplí 27 años, y como cada ciclo cumplido es un buen pretexto para hacer listas, esta es una de las 27 obras (libros, discos y películas) que han marcado mi vida y que han sido parte fundamental para definir mi vocación creativa. Algunas de ellas no son mis favoritas  de su autor, pero son con las que me inicié en su Universo.

Odelay – Beck

8 1/2 – Federico Fellini

Naranja mecánica – Stanley Kubrick

Heathen – David Bowie

Barba roja – Akira Kurosawa/Toshiro Mifune

Nocturama – Nick Cave And The Bad Seeds

En busca del tiempo perdido – Marcel Proust

Ulises – James Joyce

El ruido y la furia – William Faulkner

Los detectives salvajes – Roberto Bolaño

American IV: the man comes around – Johnny Cash

Mule variations – Tom Waits

Twentysomething – Jamie Cullum

Return to cookie mountain – TV On The Radio

Mighty aphrodite – Woody Allen

¿Dónde estás hermano? – Joel & Ethan Coen.

Las alas del deseo – Win Wenders

Brothers – The Black Keys

The age of Adz - Sufjan Stevens

Funeral – Arcade Fire

Don quijote de la mancha – Miguel de Cervantes

The essential Bob Dylan

Best of Leonard Cohen

El gran pez – Tim Burton

From a basement on the hill – Elliott Smith

 High violet - The National

La danza de la realidad - Alejandro Jodorowsky

La música y yo

6 feb

Creo que todo empezó con la primera recomendación a la que hice caso: el Odelay de Beck. La recomendación no vino de un hermano mayor o del tío o primo conocedor que todos tienen, sencillamente porque yo no tengo ni uno ni otro, sino de la revista que marcó mi adolescencia (Eres) y que cada semestre sacaba una recopilación de los mejores discos. Todo lo que decía la reseña era tan positivo, tan halagador, pintaba una obra tan brillante, tan redonda, tan imprescindible, que tuve que comprarlo. Y no voy a decir que a mis trece años lo asimilé de inmediato, pero tras escucharlo un par de veces, empecé a sentir algo extraño: tuve la sensación de que la música que salía de ese CD yo ya la había escuchado antes, mucho antes, que la tenía grabada en mi interior desde siempre y al escucharla la identifiqué y recordé todo. Empatía se podría llamar. Para mí se convirtió en idolatría, y a Beck lo amé muy pronto y desde entonces.

Pero en realidad todo empezó porque llegó un momento en el que quise conocer más, un momento en que Bronco – sí, Bronco – dejó de llenar mi corazón y entonces empecé mi propia búsqueda, como quien tiene un viaje iniciático, hacia rumbos desconocidos e inimaginables, de verdad. Así seguí haciendo caso a recomendaciones que para mí eran respetables porque no las decía un pseudo-conocedor – con los que lamentablemente me he topado con frecuencia en la vida – sino gente que sabía de lo que hablaba. El siguiente ídolo fue David Bowie, a quien conocí con Heathen, esta vez gracias a La Mosca en la Pared, que se volvió mi mapa de viaje cuando Eres, o se volvió una basura, o yo crecí y dejé de identificarme, o más probablemente, ambas cosas.

Mis gustos musicales no son como una herencia que un familiar deja o como una costumbre de familia, son personajes con los que me he ido topando en aquel viaje que emprendí cuando tenía trece años y que sigue y en realidad no se termina nunca. Luego vinieron otros personajes: Bob Dylan – a quien escuché por primera vez cuando tocó en los Oscares; Johnny Cash, Tom Waits, Nick Cave. Este último, tema aparte, porque he llegado a amarlo casi tanto como a Beck, o quizás igual sólo que de diferente manera, y así como muchos libros hablan de otros libros, muchos músicos me han llevado a otros músicos y Nick Cave me llevó a Leonard Cohen y Beck me llevó a Elliott Smith y David Bowie a TV On The Radio y así otros casos similares. Luego “Recommendations for You” de Amazon me llevó a The Black Keys, The Dead Weather, The XX, entre otros, y una presentadora de CNN me hizo conocer a Jamie Cullum y gracias a él me interesó el jazz en general. Y así, los caminos son extraños e inesperados, pero siempre fascinantes. Últimamente tengo fiebre por Arcade Fire y sé que cuando la fiebre pase van a quedar en mi secuelas que durarán por siempre.

Así que yo no sería la misma si no hubiera comprado Odelay, porque ese disco – y en especial, The New Pollution – abrió una puerta hacia un camino, sino infinito, al menos sin final aparente, donde transito con enorme placer y fascinación. Cada etapa de mi vida tiene un soundtrack particular y podría reescribirlas todas con tan sólo escuchar la música. Y como amo la música nunca he comprando un CD pirata ni lo he robado de la web, y soy de los que se alegraron porque iTunes llegó a México y nos dio la posibilidad de comprar canciones por separado (cuando el disco entero no es muy bueno). Por lo demás, no sé cuando vaya a cambiar al formato digital. Por ahora me parece una barbaridad, pero sé que llegará el día en que me parecerá lo más natural y entonces lo haré, porque tampoco quiero parecer como uno de esos nostágicos que cree que lo que hubo en su tiempo siempre es mejor que lo que hay ahora. Por el momento sigo comprando CD’s y la colección va aumentando – en estos días por ejemplo, estoy a la espera de que lleguen Murder Ballads de Nick Cave & The Bad Seeds, Jarvis de Jarvis Cocker y Brothers de The Black Keys - a un ritmo lento pero constante y me siento muy orgullosa de ella (y al igual que mis libros, la música es una maravillosa compañía).

Mi 2010. Lo que descubrí, vi y aprendí.

1 ene

He aquí una serie de los personajes y obras que llenaron mis días en el año que se acaba de ir. Para empezar, este año fui al mejor concierto de mi vida: Arcade Fire en el Palacio de los Deportes y también vi a Joaquín Sabina y a Diego el Cigala (a estos dos úlitmos, gratis, por cierto). 3 conciertos en un año supera mis cifras regulares, así que fue un gran año para escuchar música en vivo. Y no sólo en vivo, este año descubrí bandas y músicos increíbles, sus discos formaron parte del sountrack de mi vida en el 2010: Them Crooked Vultures, The Dead Weather, Antony and The Johnsons, Elliott Smith, The Black Keys, The National, The XX, Phoenix, Xiu Xiu, The Zutons, Fleet Foxes, Ed Harcourt y Jarvis Cocker.

Redescubrí a Ingmar Bergman y al fin comprendí el gran valor de su obra. Y en literatura, me contagié, aunque tardíamente, de la fiebre de Bolaño, y eso que aún no leo 2666 (es mi primer libro para este año).

En los museos, lo más relevante que vi, fueron las exposiciones de Magritte, Max Ernst, Saturnino Herrán y Annette Messager.

Vi muchas películas, estas son las más memorables: Sherlock Holmes, Invictus, Departures, The Blind Side, The Imaginarium of Doctor Parnassus, Up, The Ghost Writer, Where the Wild Things Are, The Drummer, El Secreto de sus Ojos, Machete, Scott Pilgrim vs The World y Kick-Ass.

En televisión, por primera vez sentí fe en las series hechas en México, gracias a las excelentes XY y Bienes y Raíces, ambas del Canal Once.

En lo profesional, este 2010 aprendí muchas cosas nuevas en el diseño y cada día estoy más fascinada con el diseño web en XHTML-CSS y la creación de video en After Effects.

Así que el 2010 fue un año de grandes descubrimientos e inspiración.

Arcade Fire en México

18 oct

Conocí a Arcade Fire hace apenas 2 años. Era inevitable llegar tarde o temprano a ellos, por lo demás, considerando mi amor por la música. Neon Bible fue el primer disco que compré, siguiendo la recomendación de dos publicaciones, dignas de respeto, que coincidían en que era un gran disco. No fue que la banda me hiciera “click” de inmediato, como me ha pasado en otras ocasiones, pero tras escuchar el disco varias veces, finalmente algo se abrió en mi interior. Era un espacio que había permanecido cerrado y que la música de Arcade Fire abrió, permitiéndome explorar nuevos horizontes musicales. De ahí en adelante, cada vez que escuchaba Neon Bible, algo volvía a vibrar en mí y si a eso agrego que pasaba por un momento particularmente complicado, Neon Bible fue el soundtrack de ese episiodio de mi vida y cuando lo escuchaba algo que encajaba a la perfección hacía click, como hecho a la medida. Así empezó todo.

Para el momento en que compré Funeral ya era fan hasta el tuétano. A finales de julio de este año me enteré que vendrían a Mexico, y como me pasa siempre que algún suceso entrañable y emocionante ocurre o está por ocurrir, no sentí nada, fue una sensación neutral, porque era algo que ya formaba parte de mí, que había vivido en mi mente, así que cuando pasa a formar parte de la realidad, es sólo un cambio de lugar; no es una sorpresa, pues. Sólo puedo decir que a partir de ahí, no había día en que no pensara en el momento en que finalmente escucharía a mi banda favorita en vivo. A principios de agosto tuve una vista previa de lo que viviría, al ver la transmisión en vivo, vía internet, de su concierto en el Madison Square Garden, dirigida por Terry Gilliam, y me sentí eufórica.

Finalmente llegó el 13 de octubre. Hice mi viaje al D.F. por la tarde, aproveché para ver una película en la Cineteca Nacional y de ahí, partí hacia el Palacio de los Deportes. Desde que salí del metro, la atmósfera que me envolvía era de magia (y de revendedores, cabe decir); me costaba creer que había llegado el momento en que Arcade Fire se presentaría por primera vez en México y yo sería uno de los miles de afortunados espectadores. Ignoro que porcentaje de los presentes eran fans y que porcentaje eran curiosos que querían ver de qué se trataba toda esa furia por la banda; así como el porcentaje, aunque debía ser el menor, de gente a la que no le importaba en lo más mínimo ser partícipes de ese evento y sólo estaban ahí por acompañar a alguien. No tiene importancia porque pronto aquellas barreras clasificatorias desaparecieron, todos fuimos uno, un sólo auditorio eufórico y conmovido por la extraordinaria actuación de la mejor banda de los últimos tiempos. Al salir de ahí, el 100% eran fans, estoy segura.

Desde los primeros acordes de Ready to Start, entré en trance y hasta el momento en que salí del Palacio de los Deportes, entre el mar de gente y las expresiones de fascinación, mi emoción era tan latente que casi podía sentirla físicamente. Se encontraba alojada en algún lugar entre la consciencia y el alma y me acompañaría por siempre. Fue una noche mágica, fascinante, entrañable, que habría deseado se prolongara un poco más, que tocaran todas sus canciones – pues se encuentran en un punto en que eso aún es posible, dado que son una banda joven – que me he aprendido a lo largo de 2 años. Pero como sea fue un concierto perfecto, donde demostraron que son grandes músicos y artistas en toda la extensión de la palabra. Estar ahí fue un placer y me parece genial que los mexicanos hayamos tenido acceso a un show de tal calidad, porque en otro tiempo habría pensado que presenciar algo así sería un privilegio de pocos – los que pueden viajar fuera del país a ver a su banda favorita – , mas en esta ocasión, lo tuvimos a unos pasos, a unos kilómetros, o en mi caso, a un par de horas de viaje.

Y para concluir, algunas afirmaciones: es el mejor concierto en el que he estado en mi vida; salí enamorada de Win Butler; y aún no puedo escuchar un disco de Arcade Fire; lo llamo Síndrome Post-Concierto, demasiada emoción, y así como las heridas se reavivan al recordar un suceso o al volver a ver al objeto de nuestro dolor, mi emoción se reaviva al escuchar los primeros acordes de cualquier canción de la banda y no lo puedo soportar, aún.

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