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127 horas

18 mar

Existen en el inmenso mundo de la cinematografía películas que son incómodas de ver pero aún con eso vamos a verlas. La mayoría de las veces es por morbo, pero hay algunos casos en los que es por un auténtico interés en ver el trabajo del equipo formado por director y actores. O bueno, al menos eso fue lo que me motivó a ir a ver 127 horas. Sabía que habría momentos en los que apartaría la vista y me estrujaría las manos, como efectivamente sucedió, y aunque yo siempre he tenido la idea de que el cine es para disfrutar – razón por la cual no me gustan las películas de terror – y para enriquecer nuestra visión usando el lente y asimilando la óptica de un cineasta particular, están estas películas incómodas que no cumplen con la primera cualidad pero sí con la segunda y entonces voy a verlas porque son más fuertes mi curiosidad y mi necesidad de formarme una opinión personal, que los momentos indeseables e incómodos que sé que me hará pasar.

Y 127 horas es una película que desde el primer momento te hace saber que “algo” va a pasar. Danny Boyle más que narrar una historia se centra en provocar sensaciones; hay escenas en que la película se vuelve un collage de imágenes y sonidos que más que narrar, evocan, valiéndose de las características plásticas de los elementos, como un pintor en su lienzo. Hay una atención en los detalles, donde los objetos son cargados de un peso específico, han sido puestos ahí cuidadosamente para que nosotros, los espectadores, entendamos algo, son los elementos que van detonando los puntos clave de la historia. En este aspecto, Danny Boyle es uno de los directores más originales que existen y de los pocos en la actualidad en los que se puede notar un estilo sin que parezca forzado o hecho a propósito. Es el resultado auténtico de una visión particular para contar historias.

Otra característica particular del director que se repite en esta película es el tipo de protagonista. Una vez más nos hace ver que a él  no le interesa la gente ordinaria. Parece que para que se decida a filmar una película tiene que haber un personaje al extremo. Ya sea de la adicción, del peligro, de la miseria y la marginación, o en este caso, de la aventura y la adrenalina. 127 horas es un monólogo interior – literal además, en el interior de un cañón – que no cualquier actor habría podido realizar, y ciertamente, James Franco no es la primera persona que habría venido a mi mente para realizarlo, pero el resultado es notable. Un reto dadas las reducidas – también literal – posibilidades expresivas. Sólo James Franco, sin poder moverse, dentro de una gruta de un cañón. Es ahí donde empieza la verdadera aventura, la explotación ingeniosa y talentosa de esos reducidos recursos hace brillar algo que pudo haber sido monótono y sin gracia – y tener éxito en taquilla sólo por el morbo de ver cómo se corta el brazo – y que al final resulta una película que verdaderamente brilla en la fotografía – otra vez literal -, en la dirección y en la actuación de James.

Siempre he pensado que lo más importante de una película es el guión, mas me imagino el guión de esta y creo que mi pensamiento habría sido “otra historia de supervivencia y valor, qué cursilería”, y sin embargo 127 horas en ningún momento cruza – es cierto que queda en el umbral, pero hasta ahí – esa delgada línea entre lo conmovedor y lo cursi; se queda en lo primero y al final, por increíble que parezca, dada la premisa de tragedia, uno sale alegre, con una sonrisa y con ganas de ponerle a la vida más aventura y pasión.

Oscares: ¿Por qué importan tanto?

27 feb

Quise escribir acerca de esto tomando como pretexto que estamos en las horas previas a la entrega del premio más importante en la industria cinematográfica. La respuesta a la pregunta del título, NO es: porque premian lo mejor cine, eso lo sabemos. Basta recordar que Angelina Jolie ganó uno y que Martin Scorsese lo ganó hace apenas 4 años. Y la lista de decisiones absurdas por parte de la Academia es casi mayor a sus aciertos. El Oscar se ha hecho tan importante por una serie de factores que poco tienen que ver con la calidad del cine: es un gran espectáculo de televisión, es el escaparate de moda y glamour más importante del mundo, es un pretexto para ver reunidas a las más grandes estrellas de cine en un mismo lugar y también, puede dar un gran impulso a la carrera de actores, directores, guionistas, músicos, animadores, técnicos, etc. Ningún otro evento reune todos estos factores a tal magnitud, así que se entiende que genere tanta expectativa, que sea el sueño de muchos y que aún cuando no nos merece gran respeto, muchos estemos pendientes para que llegue el día de ver la tranmisión en vivo. La fascinación es inevitable.

Fuera de esto, también sabemos que obedece a razones políticas y sociales, que entre los miembros de la Academia hay quienes nada tienen que ver con el cine y que ni siquiera ven las películas que contienden, que si Oscar fuera una persona, sería conservadora, cerrada, poco crítica y predecible. Prácticamente existen fórmulas para obtener el premio y cineastas y actores la siguen descaradamente, dejando de lado los retos y el trabajo propositivo. Por eso considero que un Oscar no es ni más ni menos para el ganador: un premio obtenido por el trabajo en una película. Un trabajo que no es necesariamente el mejor, sino el elegido por un grupo de personas. Lo que hará de un actor o director el mejor es la consistencia entre sus trabajos y la capacidad de proponer algo nuevo en cada uno de ellos; un Oscar no lo hace mejor ni peor, es sólo un premio. Un premio que nos fascina y emociona, pero que no significa nada en términos de calidad o talento y eso ya lo hemos comprobado a lo largo de estos 82 años.

 

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