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Y el Oscar fue…

27 feb

Así de rápido, pasaron otra vez los Oscares. La semana pasada un amigo me dijo que debía encontrarme muy emocionada, porque para mí los Oscares son como el Mundial de futbol. Cierto, desde hace 10 años, para mí es la ceremonia más importante que puedo ver por televisión. No porque me parezca una autoridad en materia de cine -sería muy ingenua si lo creyera así- sino, sencillamente, porque con todo y sus defectos, es el premio más importante que se entrega en la industria. He aquí mis impresiones sobre la ceremonia de ayer.

De la alfombra roja, lo más notable para mí fue ver a George Clooney haciendo gala de su simpatía y encanto, aún cuando tenía una acompañante de más (digo, lo preferimos soltero). Hace poco leí que Demian Bichir, tras su nominación, se lo había encontrado en un restaurante en Los Ángeles, George desconocía quién era, pero Demian se le acercó y le habló de su película, entonces él se interesó mucho por el tema y ayer, en la alfombra roja, los vi saludarse como grandes amigos y hasta posar juntos para la lente de decenas de fotógrafos. Así es el hombre más encantador de Hollywood.

Lo más divertido fue Sacha Baron Cohen, desobedeciendo descaradamente a la Academia al presentarse en su papel de El Dictador y derramando una urna de cenizas sobre un expectante -después declaró que él sentía que en cualquier momento algo iba a suceder- y nervioso Ryan Seacrest.

Ya en la ceremonia la entrada de Billy Crystal, predecible y todo, fue una gran muestra del uso ingenioso de la tecnología y el guión estaba tan bien armado que hasta Justin Bieber me cayó bien.

Empezando tuve mi primera decepción. El premio a mejor fotografía no fue para Emmanuel Lubezki y sólo voy a decir que, dejando de lado toda idea nacionalista, él fue quien debió llevarse el Oscar. Vamos a ver cuantos años más pasan sin que la Academia le haga justicia.

Hubo dos momentos particularmente conmovedores y los protagonizaron -¡oh, ironía!- los actores de reparto. Octavia Spencer y Christopher Plummer casi me hacen llorar cuando subieron a recoger sus respectivos premios. La primera por su sencillez y emoción genuinas y el segundo, simplemente porque debía haber subido a ese estrado hace lustros y uno piensa, “bien, pasó lo que debía pasar”.

Minutos antes de comenzar la transmisión vi una entrevista a uno de los productores del show, quien anunció que habría una sorpresa, algo nunca antes visto de parte del Cirque du Soleil. Me esperaba algo fantástico, Cirque du Soleil + cine parecía una amalgama maravillosa. En realidad no fue así, lo que presentaron fue aburrido y superficial. Abordaron el tema del cine de la manera más llana y predecible, dejando mucho, mucho, que desear.

Este año, ignoro en qué se basaron para elegir a las parejas que presentarían los premios, pero seguro no fue ni en la simpatía y ni en la química, porque sólo Robert Downey Jr. y Gwyneth Paltrow las tuvieron.

Los premios a los guiones, tanto adaptado como original, me dejaron satisfecha. Por una parte, Alexander Payne es un cineasta verdaderamente inspirador, que por años ha demostrado una visión y una capacidad excepcionales para transportar la literatura a la pantalla grande. Por la otra parte, a Woody Allen le debemos algunas de los guiones más entrañables, originales e inteligentes de las últimas décadas. Y lo mejor de todo es que no fue a recibir el premio; cuando eres Woody Allen los premios verdaderamente te tienen sin cuidado.

Sobre el Oscar a mejor director, sólo puedo decir que me parece incomprensible que en una entrega de premios a lo mejor del cine, Martin Scorsese se vaya con las manos vacías. Porque aún cuando el Oscar no fuera un premio al mérito -que sí lo es- este año Martin Scorsese se anotó otro logro en la historia de la cinematografía.

De mis esperanzas, tuve una ligera de que el Oscar a mejor actor se lo llevara Gary Oldman. Como dijo Natalie Portman, nos cuesta creer que esta haya sido su primera nominación. Para un actor que tiene, por lo menos, una decena de papeles notables. Aunque no tengo nada en contra de Jean Dujardin, al contrario, deseo que este premio sea su plataforma para convertirse en un actor muy solicitado y que lo veamos con mucha frecuencia en los años venideros.

El discurso de aceptación de Meryl Streep fue tan honesto y congruente (“la gente debe pensar, ¡oh no, otra vez ella!” y “quiero aprovechar estos momentos porque será la última vez en mi vida”) que no lamenté que no ganara Viola Davis.

Y finalmente, el premio a mejor película no fue para Hugo. Ante todo, debo decir que El Artista me fascinó, no tendría ningún problema en que hubiera obtenido el máximo galardón, si no fuera porque competía con Hugo, una cinta francamente superior. Pero en fin, la controversia es parte del encanto del premio de La Academia. Y después de todo, soy más afortunada que los que siguen el Mundial de futbol, porque mi “mundial” se repite cada año.

Oscares: ¿Por qué importan tanto?

27 feb

Quise escribir acerca de esto tomando como pretexto que estamos en las horas previas a la entrega del premio más importante en la industria cinematográfica. La respuesta a la pregunta del título, NO es: porque premian lo mejor cine, eso lo sabemos. Basta recordar que Angelina Jolie ganó uno y que Martin Scorsese lo ganó hace apenas 4 años. Y la lista de decisiones absurdas por parte de la Academia es casi mayor a sus aciertos. El Oscar se ha hecho tan importante por una serie de factores que poco tienen que ver con la calidad del cine: es un gran espectáculo de televisión, es el escaparate de moda y glamour más importante del mundo, es un pretexto para ver reunidas a las más grandes estrellas de cine en un mismo lugar y también, puede dar un gran impulso a la carrera de actores, directores, guionistas, músicos, animadores, técnicos, etc. Ningún otro evento reune todos estos factores a tal magnitud, así que se entiende que genere tanta expectativa, que sea el sueño de muchos y que aún cuando no nos merece gran respeto, muchos estemos pendientes para que llegue el día de ver la tranmisión en vivo. La fascinación es inevitable.

Fuera de esto, también sabemos que obedece a razones políticas y sociales, que entre los miembros de la Academia hay quienes nada tienen que ver con el cine y que ni siquiera ven las películas que contienden, que si Oscar fuera una persona, sería conservadora, cerrada, poco crítica y predecible. Prácticamente existen fórmulas para obtener el premio y cineastas y actores la siguen descaradamente, dejando de lado los retos y el trabajo propositivo. Por eso considero que un Oscar no es ni más ni menos para el ganador: un premio obtenido por el trabajo en una película. Un trabajo que no es necesariamente el mejor, sino el elegido por un grupo de personas. Lo que hará de un actor o director el mejor es la consistencia entre sus trabajos y la capacidad de proponer algo nuevo en cada uno de ellos; un Oscar no lo hace mejor ni peor, es sólo un premio. Un premio que nos fascina y emociona, pero que no significa nada en términos de calidad o talento y eso ya lo hemos comprobado a lo largo de estos 82 años.

 

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