¿El mundo necesita otra película de boxeo?, preguntaba alguien que escribía una reseña en algún lugar de la web a donde llegué hace algunos días pinchando links. No leí más ni presté mayor atención, pero sí respondí para mis adentros la pregunta: No. El género está sobreexplotado y con eso su estructura y ritmo de progresión escénica ya está grabado en la mente de cualquiera que haya visto un par de películas sobre boxeadores (es decir, el 99% de la población mundial según mis cálculos), así que las probabilidades de ver algo que no hayamos visto antes son casi nulas. Y con todo esto, cuando supe de The Fighter la anoté en mi lista de películas que tenía que ver este año. No porque me guste el box (de hecho me desagrada inmensamente), sino porque me gusta el buen cine.
Y aquí tengo que dar lugar a una acotación para plantear mi idea. Cuando se estrenó The Social Network escuché varios comentarios cuya idea principal era: “qué flojera, es sobre cómo se hizo Facebook, no me llama la atención”, y la película, al menos en mi ciudad, duró como 2 semanas en cartelera con salas casi vacías. Ignoro el motivo, pero constantemente se da una confusión entre el significante y el concepto. Así muchos no fueron a ver The Social Network porque “es la historia de Facebook”, cuando en realidad es un retrato de la ambición, la amistad, la lealtad, la soledad, etc. Si yo me guiara de esta manera no habría ido a ver Cinderella Man o Million Dollar Baby simplemente porque eran sobre box y no me habría interesado ver The Fighter porque es otra más del deporte quizás más retratado en el cine. Y entonces me habría perdido la mejor actuación que Christian Bale ha dado en su vida, entre otras cosas relevantes. Por ejemplo, la atmósfera de documental que de repente permea la cinta, junto con la fotografía, son factores muy acertados.
Pero The Fighter no es una película de boxeo – de hecho sólo ocurren un par de peleas importantes – es una película sobre la mediocridad y sobre la voluntad. Micky, el aparente protagonista interpretado por Mark Wahlberg, vive oprimido por la mediocridad y patetismo de su familia. Una madre protectora y dominante, un padre sin carácter, 7 hermanas que son como un solo ser, pusilánime y sin gracia y finalmente, un hermano ex-boxeador y adicto, un auténtico perdedor. Es él el verdadero protagonista, porque mientras avanza la historia lo vemos en distintas fases, con transiciones tan orgánicas de una a otra, que la predisposición y el cliché se desvanecen y la interpretación es sumamente verosímil y entrañable. Mientras, Mark Walhberg hace lo que le corresponde: su actuación es discreta, precisa, no es quien brilla sino quien juega su papel para que los otros – Christian Bale, Melissa Leo, Amy Adams – lo hagan. Y eso también se aplaude porque así como hay roles contundentes (los más aclamados y galardonados), también están los sutiles, que son los que a la larga conforman al actor de respeto, y en este aspecto Walhberg da un paso adelante. No creo que él haya sido ignorado en las entregas de premios, como tanto se ha comentado, simplemente creo que esta vez no era su turno.
De quien si lo fue es de Melissa Leo, que hace uno de los retratos más auténticos de la madre protectora, aquella que se entrega a la familia de la manera equivocada porque en nombre del “amor de madre” cria hijos dependientes, sin carácter, que nunca terminan de ser adultos y que están inevitablemente destinados al fracaso y si quieren salir de ahí, tendrán que recibir golpes, reales o metafóricos. Es ahí donde entra la voluntad. La voluntad de aceptar un pasado cruel; la voluntad de vencer una fuerte adicción al crack; la voluntad de ser campeón, no sólo sobre un oponente en el ring sino sobre aquellos que no creen en nosotros, aquellos que se creen más fuertes, aquellos que persisten en arrastrarnos al fracaso y a la vergüenza; todo para recuperar, o para experimentar por primera vez, la dignidad. Por eso esta no es otra película de boxeo, sino algo más, distinto y muy recomendable de ir a ver.