Filme, pluma y píxel

Mis reflexiones sobre cine, literatura y diseño. Y sobre otras artes también.

Ivan Chermayeff. Una huella imborrable

El 11 de octubre de 2005 yo estaba en el DF por dos motivos: Ivan Chermayeff daba una conferencia en el marco de una exposición retrospectiva de su trabajo como co-fundador de una de las firmas más importantes en la historia internacional del diseño; y Diego el Cigala daba un concierto en el Auditorio Nacional. Un día antes yo tenía clase de tesis con uno de los seres más cerrados y cortos de visión que han existido sobre la faz de la Tierra, y ya habían pasado cerca de dos meses sin que dicho ser me aceptara un tema de tesis. Entonces recibí por correo la información de que Ivan Chermayeff daba la mencionada conferencia y me dije: le voy a decir a mi profesor que mi tema va a ser acerca de la obra de Ivan Chermayeff; si lo acepta voy a verlo mañana y aprovecho para ir al concierto.

Así lo hice y para sorpresa mía el profesor aceptó el tema. La suerte estaba decidida: iría a ver a Ivan Chermayeff, a decirle que desarrollaría mi proyecto sobre él y además escucharía en vivo a El Cigala. Me fui al DF, mi primera ocupación fue conseguir el boleto, deseando internamente que aún hubiera un buen lugar y así fue. Por la tarde fui al lugar de la conferencia. El día pintaba para ser grandioso: la lluvia le daba un brillo a todas las cosas y la zona donde estaba ubicado el lugar era muy bonita. Minutos después de llegar empezó la conferencia. Como me sucede siempre que he conocido a alguien previamente visto en fotos y por quien me he formado ciertas expectativas, al estar en el mismo lugar que él se neutralizó en mí todo efecto de excesiva emoción; sentí serenidad y calma. Ahí estaba Tom Geismar, su colega por cerca de 50 años; ambos hablaron sencilla y naturalmente de su obra a lo largo de estas décadas; como si crear imágenes que, literalmente, todo el mundo conoce, fuese cosa común y corriente. Al final de la conferencia, como si acercarme a uno de los monstruos del diseño fuese también cosa común y corriente, me dirigí a Ivan Chermayeff para hablarle de mi proyecto. Él sonrió, me dijo que podía enviarme información y me dio su tarjeta y su mano en señal de despedida, además de pedirme que le enviara una copia cuando estuviera terminado. Yo me sentí feliz, como si hubiera cumplido con una importante misión y los movimientos de la vida me tuvieran reservada una noche muy especial en uno de mis lugares favoritos con uno de mis cantantes favoritos para festejar el éxito.

Como mencioné, había llovido, lo cual significa que el tráfico era terrible. Yo traté de mantener la calma; aún así llegué unos 15 minutos tarde al concierto, con ansiedad seguí a la señorita que me colocó en mi lugar, sin quitar la vista del escenario para no perder un segundo más y finalmente estuve en mi asiento. Ha sido uno de esos días perfectos que no tienen desperdicio y que al final dejan con una sensación de la más pura felicidad. Al volver a casa, a la universidad, inicié la obra a la que habría de dedicar mayor pasión y energía hasta ese momento en mi vida. Fueron 9 meses de compilación, investigación, análisis, reflexión y ejecución acerca de la obra de una de las mentes más brillantes que ha dado el diseño. Sobra decir que en el proceso aprendí mucho, no sólo acerca de Ivan Chermayeff sino del diseño en general.

La única cosa desagradable de este proceso fue tener que lidiar con la mente cerrada y anticuada de mi profesor, quien no aceptaba nada que no fuese representación fiel de su voluntad. Aún así, mantuve mis ideas, pues lo que menos me importaba era mi calificación o las alabanzas de la clase. Yo supe desde el principio que mi proyecto estaba por encima de eso porque a diferencia de cualquier otro que estuviera en proceso en ese momento, el mío llegaría a las manos del héroe y no se trataba de un héroe local sobrevalorado y con aires de grandeza (como abundaban entre las figuras admiradas de los estudiantes de diseño) sino de un auténtico maestro del diseño internacional. Cuando quedó terminado fue como dar a luz: sentí alivio, emoción, ilusión.

Para concluir la misión puse en el correo una copia dirigida a Ivan Chermayeff. Por esa época me lancé a la aventura de conseguir mi primer trabajo, cosa por demás difícil, desalentadora y molesta. Uno de esos días me encontraba limpiando la casa, triste y sin esperanzas. Siguiendo una vieja costumbre pedí una señal que me indicara que las cosas iban a estar bien y que me evitara que lo que me quedaba de esperanza se extinguiera. Minutos después sonó el teléfono. Un mensajero me pedía que saliera al portón de entrada de la privada donde vivo porque tenía un paquete para mí. “Deben ser las revistas que pedí”, pensé. Salí, el hombre de FedEx me entregó un sobre largo y angosto; “No son las revistas”, deduje. Miré para encontrar el remitente. Cuando leí “Ivan Chermayeff” casi me da un infarto de la emoción. Firmé rápidamente y corrí a mi casa. Entré, cerré y ahí, en la privacidad de mi casa observé atentamente el sobre; fue como un ritual, no quería perderme ninguna impresión, ningún momento. Lloré y brinqué de emoción; ni siquiera pensé en lo podía contener, bien pudo haber sido un sobre vacío; lo que importaba era que lo enviaba Ivan Chermayeff, que es equivalente a que a un músico reciba en su casa un paquete enviado por David Bowie. Pero el sobre no estaba vacío: adentro había una ilustración firmada por Ivan y dedicada a mí. Y por si eso fuera poco había una carta. Mi ídolo se tomó el tiempo para escribir de su puño y letra unas palabras para mí. Así hubieran sido ofensas, yo de cualquier manera las habría valorado por venir de él; pero era justo lo contrario: palabras de felicitación hacia mi trabajo.

Esta es una de las experiencias más entrañables y memorables que he tenido en la vida y que me enseñó cosas muy importantes. Primero, que cuando uno hace las cosas con pasión y con convicción el resultado inevitablemente será positivo; y segundo, que cuando uno es fiel a sí mismo, sin darle importancia a lo que los otros piensen, con el único interés de hacer las cosas lo mejor posible, la recompensa siempre será justa.

Arrastrada por un arrebato de inmadurez y alegría excesiva, no pude evitar ir a visitar a mi profesor para restregarle en la cara lo que recibí. No mostró una gran emoción, pero a partir de ese día no hay ocasión en que lo vea y no recuerde mi experiencia, afirmando además que lo cuenta a su clase como muestra de un logro importante obtenido por uno de sus alumnos como resultado de su trabajo de investigación. El triunfo estuvo completo.

Al estudiar a Ivan Chermayeff conocí las bases para dirigirse ante la vida como diseñador y artista gráfico; conocí la importancia del conocimiento teórico sólido así como de la experimentación; entendí la importancia que tiene el diseñador en la sociedad; comprendí que al final del día, lo único importante es hacer el trabajo bien; descubrí que para ser un buen diseñador primero hay que tener un razonamiento lógico y sentido común; supe que lo más importante es la inteligencia, porque de ahí se derivan muchas otras cualidades; el valor del talento es relativo y sólo importa si uno es capaz de canalizarlo a través de ideas teóricamente sólidas y visualmente poderosas, cuyo poder soporte el paso del tiempo y sea universal. Lo más importante es trabajar con pasión, con emoción y con profesionalismo; nosotros mismos desconocemos el alcance de nuestro trabajo, si está bien hecho además de la satisfacción puede traernos agradables sorpresas.

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3 comentarios el “Ivan Chermayeff. Una huella imborrable

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Esta entrada fue publicada en 5 febrero 2010 por en creatividad, diseño y etiquetada con , , , .
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