Filme, pluma y píxel

Mis reflexiones sobre cine, literatura y diseño. Y sobre otras artes también.

Life in Design

Todo, absolutamente todo, tiene que ver con el diseño. No hay lugar u objeto que no sea producto de un proceso de diseño. La búsqueda de la estética y de la funcionalidad es una cualidad innata del ser humano. Sin embargo el diseño requiere de análisis y de observación; requiere una visión abierta y aguda; pero ante todo, requiere conocimiento: su origen es la información, se desarrolla sujeto a un contexto cultural y social – de ahí que su efectividad sea directamente proporcional al bagaje cultural de autor – y su valor pragmático y permanencia están relacionados con el contenido del mensaje y la manera en que se transmite. Nunca ha existido tal cosa como un buen diseñador que no posea una cultura superior al promedio; los ha habido que no saben dibujar, o que desconocen el manejo de la computadora, pero nunca ha habido uno sólo que sea un ignorante. De ahí la importancia del bagaje cultural, la capacidad de abstracción y la lógica.

Estas cualidades son resultado de años de estudio, mucho más allá de los 4 o 5 de la universidad, y que tienen que ver con todas las áreas del conocimiento; pues a mayor información, mayores posibilidades expresivas. De esto se desprende que el diseño vale mucho. Hacer efectiva esta sentencia es una verdadera odisea que muy pocos consiguen; pues si al principio muchos lo creen en el camino se topan con tal cantidad de obstáculos que van dejando de creerlo o bien va dejando de importarles. Son pocos los que han llegado hasta la meta de ese camino – como sucede en todas las disciplinas, por lo demás – donde la labor del diseñador es valorada y reconocida. El resto  preferirá la estabilidad del conformismo, lanzando al mundo diseños que contaminarán las calles, el súper, las revistas, etc. Y con su labor, cobrando mediocremente por trabajos carentes de calidad y profesionalismo la sociedad termina por creer que eso, trabajos mal hechos y que se compran como si fuesen efectos de mercado, es lo normal. Entonces la labor de los otros, de los pocos, de los que creen firmemente que el diseño vale y no aceptan menos que eso, se complica aún más. No sólo hay que luchar con clientes, también con pseudo-colegas a los que el diseño no les importa.

Efectivamente, es una fracción penosamente minoritaria a la que le importa el diseño y se preocupa porque sea de calidad. El resto se contenta con una imagen sacada en Internet, trabajada pobremente en Photoshop, que anuncia un producto o servicio con tipografía elegida deliberadamente en combinaciones de color que generalmente son una ofensa a la vista, resultado de un par de horas de trabajo de un joven – a veces no tan joven – que en su vida no ha leído más de 10 libros y que cobra por su trabajo poco más poco menos que una secretaría o una cajera. Cuando esta mayoría a la que no le importa entienda que el diseño es un valor agregado a su empresa por grande o pequeña que sea y se percate de los beneficios ligados a esta inversión, estaremos siendo parte de una revolución, al menos en México. Suponiendo que esto sucediera multitudinariamente, a manera de movimiento cultural, pero de no ser así ¿acaso las revoluciones no tienen origen en el espíritu de las personas, como individuos?

Si un diseñador hace respetar su labor puede dormir tranquilo, con la conciencia de que está haciendo lo correcto, tomando lo que le corresponde y respetando la memoria de los monstruos que hace cerca de un siglo empezaron a poblar la Tierra dejando a su paso vanguardia y una panorama que tras ellos ya no volvería a ser el mismo. Al diseñador que aspire a seguir ese legado no le importa si sus compañeros de la universidad ahora trabajan como freelance con aires de triunfo y, claro, libertad (viviendo en casa de sus padres y teniendo como gasto mayor el saldo de su celular); o si están trabajando en una empresa más o menos grande responsables de preparar archivos para el impresor y aplicar el logo a toda clase de papelería y objetos ajustándolo en tamaño y número de tintas según sea el caso. El diseñador que asuma seguir este legado tiene intereses y preocupaciones más profundos y sabe que para alcanzar su objetivo se necesita mucho más que tener un título universitario o una Mac. Y como toda gran empresa, implica dificultades y sacrificios y el éxito ni siquiera es garantía.

Entonces, ¿para qué? Bueno, hablando de mi situación particular, para otorgarle un sentido más al paso implacable de mis días y para dejar huella haciendo lo que más me apasiona, no hay más. Si quisiera hacer dinero hay formas muchas más sencillas de conseguirlo; si quisiera ser famosa me busco un amigo famoso y me cuelgo de su fama; si quisiera dejar algo para que me recuerden cuando muera con tener un hijo basta. Así que no, ser diseñador no es la  forma más sencilla de ser rico, famoso y dejar un legado; uno se hace diseñador por pasión, por emoción, por el placer de solucionar problemas de comunicación con inteligencia y originalidad, por darle pues, una razón de ser a nuestra existencia; una más, una de miles posibles, una que no es nada fácil de afrontar pero que por el simple hecho de intentarlo vale la pena. Eso y no más.

Uno no trabaja como diseñador, es diseñador; no se trata de vivir del diseño, sino de vivir EN el diseño. El diseño es parte de nuestra vida; vida y diseño son una simbiosis dinámica, indisoluble, de enriquecimiento recíproco y las fronteras de una y otro se funden y pierden importancia por completo. Todo lo que perciben nuestros sentidos debe ser analizado y valorado para ir creando nuestro almacén de inspiraciones, pues sabemos que tarde o temprano lo que compilamos ahí será material de trabajo. El diseño importa, el diseño está en todas partes y es parte de la vida, el diseño va más allá de lo que supone en la superficie, el diseño es comunicación, es estética, es inteligencia, es sentido común, es una forma de vida.

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Esta entrada fue publicada en 4 abril 2010 por en creatividad, diseño y etiquetada con .
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