Filme, pluma y píxel

Mis reflexiones sobre cine, literatura y diseño. Y sobre otras artes también.

40 días después. Parte I

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Este inicio de año fue inusual para mí. 2 o 3 días después del Año Nuevo aún no tenía muy claro cuáles serían mis propósitos, además de sentirme muy tentada por la idea de no tener ninguno y simplemente dejar que las cosas sucedieran. Pero como esto no va muy bien con mi inclinación obsesivo-compulsiva, al final hice una lista, como cada año. Sobre todo porque hacer listas me encanta. Nada extraordinario figura en ella, más bien lo mismo del año pasado pero a niveles superiores. Mejores hábitos, más libros, más posts, más exposiciones, más películas, más ahorros, más viajes… más experiencias. Y a la misma velocidad con que llegó este año, empecé a vivirlas.

Del 19 al 25 de enero, estuve en 5 museos diferentes, 3 días, 2 ciudades. En el D.F. visité primero el Museo Tamayo. Vi la exposición de Matt Mullican That world / Ese mundo, una muy lograda retrospectiva de la obra de este artista norteamericano y como no quiero sonar a folleto informativo de museo —que como los horócopos está plagado de frases abstractas y universales— sólo diré que fue una grata experiencia.

De ahí crucé la calle para visitar el Museo de Arte Moderno. Dos exposiciones llamaron particularmente mi atención. La de María Izquierdo y  Obras son amores. Arte-vida-México, 1964-1992. La primera es una retrospectiva de la artista que cumplió con uno de los objetivos esenciales de toda exposición: despertar en el espectador el deseo de conocer más del autor. La segunda, otra retrospectiva, esta vez sobre la labor del propio museo en la difusión del arte, con obras emblemáticas que me administraron una buena dosis de inspiración.

Seguí mi paseo para llegar al MUAC. Fui allá por una razón primordial: ver la exposición de Javier Pulido Cosmo Epiphany, que gira en torno a la figura de David Bowie. No eran muchas obras y de algunas se pudo haber prescindido, pero lo relevante fue constatar, una vez más, que en el arte todo está permitido mientras haya un propósito. En este caso, una reflexión hacia la cultura contemporánea que se encuentra ligada inevitablemente a los medios masivos de comunicación, que manipulan el consumo y el criterio hacia el arte. Además fue mi primera vez en el MUAC y la primera, después de muchos años, de subirme a un pumabus, que me recuerda buenos tiempos.

Dos días después visité el Museo del Chopo. En la exposición de Fernando Palma una especie de esculturas-deidades-robots reinterpretan mitos prehispánicos y exploran su interacción con el entorno moderno y la ecología, mientras que Sonorama fue justamente, toda una experiencia sonora, desde obras gráficas con vinilos hasta servir de tornamesas humano; dos exposiciones que valieron el viaje en metrobus cargando mi maleta y caminando con ella de la estación al museo. Además, en el Chopo conocí a Nick Cave y ese recuerdo es suficiente para volver allá sin importar las complicaciones.

Ya de regreso a Puebla, aproveché la Noche de Museos para entrar gratis al Museo Amparo y tomar el reto de seguir pistas y encontrar respuestas a lo largo de todas las salas para ganar un premio. Por supuesto, lo importante no es el premio sino la experiencia. La visita más divertida, donde además conocí un poco de la obra de Kati Horna —fotógrafa húgara que tras la Segunda Guerra Mundial y luego de haber vivido 2 guerras anteriores, vino a radicar y a hacer una parte importante de su trayectoria en México—; la exposición Artificios: Plata y diseño en México y la vista del centro de Puebla de noche desde la terraza del museo.

Durante estos días también vi mi primera gran película del 2014, Upstream color, en la Cineteca Nacional.

Pero visitar museos e ir al cine esta vez no fue la causa de mi viaje al D.F. sino la consecuencia. Fui para sacar mi visa norteamericana que me permitirá visitar otro tanto de museos y ver otras tantas cosas interesantes para mi próximo cumpleaños, ahora en NY. Una promesa que me hice hace algunos años.

Continuará…

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Un comentario el “40 días después. Parte I

  1. Pingback: 40 días después. Parte II | Filme, pluma y píxel

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