Filme, pluma y píxel

Mis reflexiones sobre cine, literatura y diseño. Y sobre otras artes también.

Adiós, Verano. Parte II

Llegué a Bellas Artes cerca de las 6:30 am. El día no empezó muy bien porque el 7-Eleven estaba cerrado, así que no pude comprar café. Cuando me formé la fila llegaba justo a la mitad de la parte trasera del edificio. Muy pronto empezó a llegar más gente y a hacer frío. Traté de no darle importancia y me concentré en la lectura de mi libro —Americanah, de Chimamanda Ngozi Adichie, que por cierto estoy disfrutando mucho— y gracias a eso la espera no fue pesada. Poco después de las 9:00 am por fin me tocó el turno. Me entregaron un boleto con un sticker que decía “9:00 am” que no sirvió de mucho porque entré casi a las 10:00 am. No puedo más que confirmar los rumores que me habían llegado: la organización interna deja mucho que desear, no está a la altura de las exhibiciones.

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Una vez dentro, no es posible detenerse a ver las obras porque la gente no deja de entrar. Como experiencia vale la pena, como visita artística no mucho. En realidad son muy pocas obras, excepcionales pero finalmente menores. En la National Gallery of Art de Washington vi más dibujos de Leonardo y a mis anchas. Pero no quiero decir que me haya arrepentido de la espera, sólo que si no hubiera sido entrada libre y hubiera tenido que pasar por otra fila para pagar —seguramente mal organizada— o pagar los $77 pesos que costaba la entrada en Ticketmaster, con la intención de evitar filas —que me temo, tampoco habría servido mucho— muy probablemente habría terminado con un mal sabor de boca.

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Y si bien es cierto que el 99% de la gente que se para en Bellas Artes por estas fechas lo hace exclusivamente para ver Leonardo da Vinci y la idea de la belleza y Miguel Ángel Bounarroti, un artista entre dos mundos, yo saliendo de ahí me desvié al primer piso y entré a una que se inauguró días antes y que me dejó fascinada: Farabeuf: 50 años de un instante, que conmemora el 50 aniversario de la magnífica obra de Salvador Elizondo. Fotos, audios, distintas ediciones del libro y hasta el primer manuscrito conforman la muestra. Ese mismo día, hubo una mesa redonda a propósito del libro. Para entrar hice otra fila, mucho, mucho, mucho más corta.

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Estuvo presente José de la Colina, quien afirmó estar con Salvador en el momento exacto en que éste vio por primera vez la foto del leng-tch’é, en el libro Las Lágrimas de Eros de Georges Bataille, que él acababa de comprar. Al ver la foto Salvador se quedó maravillado, extasiado. Ése fue el origen de Farabeuf. También participó en la plática Paulina Lavista, fotógrafa, documentalista y viuda del escritor, quien contó anécdotas gracias a las cuales caí en la cuenta de que Elizondo era, después de todo, un ser humano. También me enteré que fue un hombre muy interesado en la cultura china, que aprendió el lenguaje de sus signos y que formó parte de la Academia Mexicana de la Lengua, hecho que ella calificó como una contradicción de la contradicción y que ejemplifica perfectamente el tipo de artista que fue Salvador Elizondo. Fue una gran suerte que mi visita coincidiera con este evento.

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Para terminar, salí de Bellas Artes y caminé unos metros para llegar al Museo Franz Mayer, donde días antes me había enterado que tenían una exposición fotográfica de Condé Nast. Yo, que empiezo septiembre emocionada no sólo por mi cumpleaños sino porque sale el September Issue de Vogue, estoy consciente desde hace mucho de la gran calidad artística que transita entre las páginas de la revista. Sus fotografías son verdaderas obras de arte y esta exposición, titulada Coming in Fashion, me sirvió para reafirmarlo.
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Y por último, entré a ver la exposición El Rebozo. Made in Mexico, que exhibe prendas exquisitas, obra de artesanos de distintas partes del país; además de algunas reinvenciones por parte de diseñadores de moda contemporáneos; la colección de Lila Downs y algunas prendas históricas. Lo único malo fueron las “interpretaciones” de artistas contemporáneos, la mayoría con el aspecto de haber salido de un taller de manualidades infantil, que nada tenían que ver con los impresionantes tejidos de las mujeres de Guanajuato, por ejemplo. Pero supongo que se justifica porque parte de la labor de un museo es buscar puntos de concordancia entre las manifestaciones artísticas y las nuevas tendencias e interpretaciones. Así que mi viaje fue muy fructífero e inspirador.

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